Rondalla de la UASD pone a llorar a los comandantes de abril

SANTO OMINGO.- República Dominicana.- Era sábado y junio se quebraba bajo el sol cuando la Rondalla Universitaria cantó el Himno de la Revolución de Abril, y los combatientes que defendieron el perímetro ocupado por Santa Bárbara de los ataques estadounidenses de los días 15 y 16 de aquel mes rompieron a llorar.

“Estamos aquí por el amor a la Patria y por el respeto que nos merecen aquellos hombres y mujeres que lucharon en 1965 para que hoy podamos vivir en un país libre”, dijo —estremecido él, y estremecidos sus muchachos— Luis Cruz, director de la Rondalla de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ellos dicen patriotismo cantando.



Empezaron a sonar las cuerdas, y un cuatro venezolano que floreció en las manos de una princesa llamada María Saavedra, que guarda en el color de su pelo pedazos de la noche, se unió a seis guitarras, un ukulele, tres laúdes y una bandurria. Entonces, la tarde, con la música de fondo, se paró en atención e hizo el saludo a los comandantes y a sus tropas, que ya tienen canas en el pelo y arrugas en el alma.

Ya pasaron cincuenta y cuatro años y los constitucionalistas, volvieron ahora en son de paz, el sábado en la tarde al lugar de la batalla -las ruinas de San Francisco- a recordar aquella gesta. “Nuestros muertos siempre están con nosotros”, dijo Chanchano (Juan Germán Arias), uno de los hombres que acompañó a Manolo Tavarez Justo a su calvario en Las Manaclas y que fue parte de la Guerra de Abril.

Entre los combatientes presentes en el acto estaban Jaimito Cruz, que hizo historia defendiendo el perímetro desde la ventana norte de las ruinas, con un fusil FAL, y Juan Thompson, que tenía orden de no moverse de su esquina, y la cumplió hasta el final.

El ataque de junio se inició e horas de la mañana del 15 y se prolongó hasta el día siguiente con un cuantioso saldo de bajas de ambas partes, entre ellos André Riviere (Jean Pierre André de la Riviere), un ciudadano francés que luchó a las órdenes del comandante del cuerpo de Hombres Rana, Manuel Ramón Montes Arache.

En el primer conteo de bajas el presidente Caamaño informó que hubo sesenta y siete muertos y doscientos sesenta y cinco heridos, mal contados porque aún no estaban incluidos los desaparecidos.

Breno Brenes, comandante del lugar, estaba sentado este sábado, junto a Teresa Espaillat, Maricela Vargas -en cuya casa de la calle José Gabriel García, de Ciudad Nueva, se instaló el Comando del 14 de Junio- y el Gordo Oviedo (José Oviedo Landestoy), a la sombra de un árbol que ni los morteros norteamericanos, ni el paso del tiempo, ni las confusiones de la modernidad han podido derribar. Y aquí, en el lugar donde libró su batalla de junio, a la sombra de este árbol invencible, están amarradas sus nostalgias.


“El ataque empezó cerca de las 10:00 de la mañana. Recuerdo que René Sánchez Córdoba estaba impartiendo clases de topografía militar a cuarenta alumnos. Oigo el ruido del bombardeo y veo donde están cayendo las parábolas de los morteros, y ahí es que me doy cuenta de lo que está pasando”.

“Salgo con Juan Robles, llego a donde estaba el Comando del 14 de Junio en Ciudad Nueva y encontré a Fafa Taveras con una ametralladora 50; se la pedí y me la traje para acá. Él entendió la situación y nos la entregó bien, no de mal gusto. Lo que me dijo fue que la tenía más arriba del moño. Las calles estaban vacías. Cuando llegamos aquí digo: Bueno, alguien tiene que responsabilizarse de esta situación”.

“En ese momento yo estoy viendo que las defensas están muy tristes porque tenemos a Pichirilo (Ramón Emilio Mejía) de un lado, a Barahona (Eliseo Andújar Terrero) de otro, pero el centro, que daba a la Casa Zaglul, por la avenida Mella, no tenía defensa. Instalamos la ametralladora aquí, en el Comando Argentina, y por ahí no cruzó un americano. Ahí cayeron como doce”.

“En el mercadito (de San Antón) había una ametralladora calibre 30, allí abajo, que la manejaba Pachiro Checo; había fusiles G3, y de este lado, del lado abajo de las ruinas, estaba Pichirilo, y del lado izquierdo estaba Barahona. En la iglesia Santa Bárbara habían instaladas varias ametralladores. Arriba estaba un compañero conocido como Riverita, defendiendo su posición desde la altura de la edificación”.

En medio de la lucha se improvisó una estrategia impuesta por la realidad, que resultó más eficaz que las acciones convencionales. “Se dio una orden de que se usaran escopetas porque los americanos no conocían los callejones y con esa arma se causaron muchas bajas a las tropas invasoras cada vez que intentaban entrar”.

Dice el comandante Brenes que aquí hubo más bajas de las que las tropas estadounidenses admitieron; dice también que solo la ametralladora 30 del mercadito ocasionó trece bajas al enemigo. “Se los llevaban en fundas plásticas y decían que eran bajas de la Guerra de Vietnam, porque les daba vergüenza decir que en una islita perdida del Caribe le hubieran causado tantas bajas al imperio más poderoso de la tierra”.

En la defensa de Santa Bárbara estaban comprometidos varios Comandos, entre ellos el Argentina, que operaba el Movimiento Popular Dominicano (MPD) en la escuela del mismo nombre; el B3 y el de San Carlos, que fue desplazado por los mandos centrales ante la contingencia del ataque.

Las tropas estadounidenses avanzaron, a sangre y fuego, varias cuadras abajo, y tomaron un grupo de civiles prisioneros, entre ellos mujeres y niños, y los llevaron a Sans Souci, en la margen oriental del río Ozama, donde tenían un campamento militar.

Entre un recuerdo y otro, vuelve la Rondalla a sembrar canciones en el viento de junio que viene del mar. Y entra al final Cayetano Rodríguez del Prado, legendario dirigente revolucionario de la época, para contar una anécdota del escritor y politólogo Maurice Duverger, en la Sorbona de París:

“Cuando se libraba la guerra aquí, en las calles de Santo Domingo, un estudiante dominicano en la Sorbona estaba haciendo su examen de postgrado. El jurado iba examinando oralmente a cada uno de los presentes, un jurado de tres, entre ellos Maurice Duverger”.

“Iban llamando a cada uno y se ponían de pie y lo examinaban. Volvía otro y mencionaban su país. Cuando llegó el turno al estudiante de República Dominicana, el jurado hizo una pausa y le dijo estas palabras, después de una breve deliberación: Nosotros, en honor al pueblo dominicano, que en este momento está librando la lucha más heroica que se conoce en esta época, lo vamos a examinar de pie, y usted, el estudiante, se queda sentado. Eso nunca se había visto en la historia de la Sorbona”.

Rodríguez del Prado resaltó que la nacionalidad dominicana se forjó en la lucha contra cinco imperios y quiso hacer énfasis en esta frase: “Este pueblo no se puso de rodillas frente a los yanquis”.

El acto terminó cuando el sol inventaba colores a un costado de la ciudad. Sonó el Himno de la Revolución de Abril, que compuso Aníbal de Peña bajo las balas de 1965, y la Rondalla de la UASD demostró esa tarde para qué sirven las canciones. Y fue ahí, precisamente, cuando algunos comandantes de la Guerra de Abril rompieron a llorar: por los recuerdos, por los compañeros caídos y por los tiempos vividos.
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