La competencia comercial del dominicano



Por José Rosario 


Si existe en la faz de la tierra un ser humano que posea suficiente ingenio para subsistir en la vorágine del comercio informal, sin vacilar, ese gran mérito es de los dominicanos.

Debido a la alta tasa de desempleo y los bajos salarios, nuestros connacionales se ven compelido en la suprema necesidad de abandonar el trabajo formal, si tienen ese privilegio de contar con un empleo en sector público y privado, de no poseerlo y con desesperante agonía del compás de espera por un puesto, muchos deciden en lanzarse a la mar en búsqueda de la pesca” con una enorme dosis de creatividad para comercializar sus productos, que a golpe del pregón, a pesar de que en su mayoría son analfabetos.

Esta terrible dificultad de no haber tenido la dicha de recibir adecuadamente “el Pan de la Enseñanza”, su poder de decisión para obtener “la comida”, opaca la carencia educativa.

Son innumerables las historias de emprendedurismo y superación por parte de gente, que, con perseverancia y sobre todo ideas innatas, han triunfado en las grandes metrópolis, convirtiéndose en prósperos empresarios.

Así como surgen las intensas campañas publicitarias entre productos de multinacionales, para ser favorecidos por sus consumidores. Esta situación no escapa a la realidad de los llamados “chiriperos”, que invaden nuestras calles en procura de recibir la atención de la marchanta para con su mercancía. 

En un país como el nuestro, que hay de todo mucho, recuerdo con amor mis años mozos, vividos intensamente en la barriada de Los Mina, los ingentes esfuerzos que hacían los vendedores ambulantes que pululaban por el entorno, tratando de contrarrestar la competencia de su colega en el negocio.

Cuando alguien se le ocurrió la magnífica idea, en la década de los ochenta de salcochar las habichuelas para facilitarle el cocinado a sus moradores, contribuyendo a que el cliente ahorrara tiempo en su preparación. Tan sólo transcurrieron varios meses de esta inventiva popular, cuando de pronto todo un pueblo estaba saturado, por todos sus rincones, de grandes cantidades de latas de aceite de cocinar repletas de leguminosas hervidas, que se servían al consumidor en fundas plásticas.

Nunca podré olvidar la llegada de un vecino, que durante años estuvo residiendo en los Estados Unidos, al arribar a su patria querida decide implementar un moderno sistema de mudanza y acarreo, colgando en sus unidades de transporte un llamativo eslogan titulado: “Yo te mudo “.

Apenas inaugurado su novedosa manera de ganarse la vida, a su regreso de la gran urbe neoyorquina, como por arte de magia, uno de sus homólogos en el negocio de transportar trastes, decide competir con un nombre comercial similar, colocando en sus camiones la sorpresiva frase:

“Si él te muda, yo también”. 
Esta curiosa cultura del dominicano en el comercio informal, con todas sus limitantes, la podríamos trasladar a todos los ámbitos del que hacer nacional, siempre reconociendo en sus actores, la fantástica visión de buscársela como sea.




      

  

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